domingo, 5 de febrero de 2012

Sobre las grabaciones de Alan Lomax en España en 1952


«Un folklorista en España encuentra más que las canciones: hace amistades que le duran la vida entera y renueva su creencia en los seres humanos.»
—Alan Lomax, en "Saga de un cazador de canciones folklóricas," Hi-Fi Stereo Review, mayo 1960 (p. 45).

(Medio la mar - Juan Uría Ríu 1952)

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"España: para nosotros de fuera de este país, su nombre conjura el flamenco, las playas y las corridas—pero son pocos los que también piensan en las vaqueiradas, albaes, desafíos o los chifros de cepador.

Las grabaciones de campo que hizo Alan Lomax hace ya medio siglo, en 1952, son las de un pionero del trabajo de campo en España, y revelaron, siguen revelando, la diversidad de tradiciones musicales en este país que no deja de fascinar.



Constituyen un documento histórico precioso de música de casi el país entero: Andalucía, Aragón, Asturias, Baleares, Castilla, Cataluña, Extremadura, Galicia, Murcia, Navarra, País Vasco y Cantabria. Lomax hizo los contactos pero no pudo hacer el trabajo de campo en otras regiones,entre ellas Canarias, Salamanca, y Zamora.

El archivo Lomax, en su ACE (Association for Cultural Equity—Asociación para la Equidad Cultural), contiene no solamente las grabaciones originales y las copias ya hechas en DAT, sino también sus propios diarios y notas de campo, las fotos que sacó en sus viajes, recortes de prensa de la época, documentos detallando pagos hechos a los informantes cuyos temas salieron en sus emisiones para la BBC, y cartas, incluidas las docenas que, entre todo lo demás que hacía, consiguió encontrar momentos para escribir, para agradecer la ayuda a todos los que le habían ayudado.

A Alan Lomax, los estereotipos nunca le han interesado. Nunca había estudiado las tradiciones musicales de España, pero pronto, escribió:

"La España más rica tanto en la música como en la gente maja no era el sur apasionado de los gitanos y del flamenco, sino los llanos solemnes del occidente del país, los montes del norte de Castilla y el verde enredado de los Pirineos" (p. 45).

Las grabaciones, con notas de campo y fotos detalladas y sensibles, nos guían por una multitud de culturas, tradiciones, idiomas, dialectos y músicas que resisten todo tipo de generalización. Pero Lomax nunca había tenido la intención de ir a España. Escribió en 1960, que en el verano de 1952, Columbia Records le informó que si quería editar su serie de música tradicional internacional, tendría que incluir un disco de música tradicional de España, y fue por eso, que nos cuenta:

"Tragando mi aversión al Caudillo y sus obras, me fui a un congreso de folklore en la Isla de Mallorca, pensando buscarme un editor español para el disco... el profesor que dirigía el congreso [i. e. Marius Schneider]... era un refugiado Nazi... que había asumido la dirección del archivo de música folklórica de Berlín después de que Hitler le quitara su jefe judío ... era ahora el responsable de la investigación de música tradicional en el CSIC... y me indicó que él personalmente se aseguraría que ningún musicólogo español me ayudase. También me sugirió que me fuese de España.

No tenía la intención de quedarme en el país. Tenía poca cinta para grabar conmigo, y no había estudiado la etnología de España. Pero este fue mi primer encuentro con un Nazi y, sentados allí en la mesa del comedor, yo miraba a este idiota autoritario, me prometí que grabaría la música de este país desgraciado aunque tuviera que meter mi vida entera haciéndolo...." (p. 43).

No dedicó Lomax el resto de su vida en hacerlo, pero sí que se quedó en España mucho más tiempo de lo previsto, después de aquel congreso en Mallorca, donde, como después le escribió Walter Starkie, eran ambos "guerreros" (carta de Starkie a Lomax, 18/5/1953).

Lomax y su asistente inglesa Jeannette Bell, viajaron siete meses por España: miles de kilómetros, por carreteras muchas veces casi impasables, buscados con cierta frecuencia por la Guardia Civil, colocando la máquina de grabar enorme y pesada en aldeas que muchas veces carecían de luz y de agua, y, en los meses de invierno en el norte del país, con el frío y la lluvia que se les congelaban los huesos.

Grabar era un proceso largo y complicado en la época: era el mejor aparato disponsible, pero lejísimos de nuestras posibilidades, de maquinitas ligeras y rápidas, y cintas y pilas que se compran en cualquier lado. Para Lomax, una cinta duraba un cuarto de hora, y cuando se le acababan las cintas, se le terminaba la posibilidad de grabar.

Este trabajo de campo duro, a la manera clásica de los primeros años de la etnomusicología, y el aprecio profundo que tenía Lomax a la gente que iba conociendo, tampoco implicaron que tuviera o transmitiera una visión de algún folklore mítico, prístino o "auténtico." Evoca en sus notas la belleza variada, muchas veces dura, de la música, y la humanidad de sus cantores, pero evita siempre caer en un romanticismo fácil. Las grabaciones reflejan una variedad amplia de contextos: pueblos y aldeas aislados, festivales oficiales, coros y grupos locales:

"Durante un mes o más, yo andaba de manera errática, como si estuviera mareado por insolación, por la belleza solemne de esta tierra, casi enfermo por causa de la vista de ese pueblo noble, azotado por la pobreza y por un país gobernado por la policía. Me enteré que en España el folklore no era mera fantasía o recreo. Cada pueblo era un sistema cultural discreto, donde la tradición empapaba cada aspecto de la vida; y era precisamente este sistema de costumbres tradicionales. A veces incluso paganas, que habían servido de armadura espiritual del pueblo español contra las muchas formas de tiranía que habían sufrido con los siglos. Era en su patrimonio de folklore que los campesinos, los pescadores, los muleteros y los pastores a quienes conocí encontraron sus modelos, para aquel comportamiento noble y aquella sensibilidad a la belleza que les hicieron ser amigos tan satisfactorios" (pp. 43-45).

Fue en España donde Lomax empezó a proponer las relaciones directas entre los estilos tradicionales del canto folklórico, y la cultura (ver el disco Rounder Sampler, p. 29). Desde las primeras escrituras sobre España, y sus tradiciones célticas, cartaginesas, visigodas e indígenas, el país ha quedado marcado por la
diversidad. Su música siempre ha reflejado lo que ahora consideramos el "multiculturalismo": tradiciones indígenas de la Península, el patrimonio complejo de la música y la poesía de los judíos y los musulmanes; las tradiciones musicales que se trajeron los gitanos, y otras, siglo tras siglo.

Pero, en 1952, nadie hablaba del "multiculturalismo." Los problemas económicos, las carreteras difíciles, regiones aisladas por montañas, métodos antiguos de agricultura—era una vida dura, pero esta vida dura con sus ciclos de vida y del año también mantuvo tradiciones musicales que igual hubieran desaparecido con condiciones más favorables. Al mismo tiempo, un nacionalismo oficial estaba estableciendo versiones "folklorizadas" de varias tradiciones, un proceso que había empezado ya en el siglo XIX. Durante la dictadura de Franco, también, el gallego, el catalán, el asturiano, el euskera y sus variantes eran reprimidos, mientras las tradiciones locales acababan sufriendo un proceso de estandarización y "limpieza," muchas veces por la Sección Femenina, arreglando la música para que conformara mejor a su propia ideología. La censura estricta resultó en impedir a muchos folkloristas publicar las letras que recopilaban tal como los informantes se las cantaban, y a los propios informantes les daba miedo muchas veces cantarlas. Cuenta Lomax:

"La Guardia Civil espantosa, con sus sombreros negros, me tenían en sus listas—nunca sabré porqué, pues nunca me detuvieron. Pero al parecer, siempre sabían dónde encontrarme. En los lugares más perdidos, más olvidados. menos probables, en las montañas... aparecían, como buitres negros que llevaban consigo el hedor del miedo—y entonces los músicos perdían su coraje" (p. 45).

En el año 1953, Lomax volvió a Inglaterra, y después a los EEUU; en aquel mismo año, España empezaba a abrir las relaciones diplomáticas e intentaba construirse una imagen que por lo menos se pareciera hasta cierto punto a la democracia, aunque por supuesto la dictadura de Franco seguía controlando todo.

En aquella época, el trabajo de campo etnomusicológico quedaba en las manos de varios individuos, o por su cuenta, o sea con algún apoyo, muchas veces mínimo, del Instituto Español de Musicología establecido en Barcelona en 1943 por el CSIC. Sí que aparecieron libros y artículos, pero ningún archivo sonoro. Fuera de la Magna Antología del Folklore Musical de España de Manuel García Matos, algunos LP's en Hispavox, las grabaciones inéditas de Kurt Schindler y lo que filmó la Sección Femenina, existen pocos documentos grabados de la música tradicional del principio y de mediados del siglo XX en España, por eso, las grabaciones de Alan Lomax tienen una importancia enorme.

En las últimas décadas del siglo XX, después de la muerte de Franco y el cambio
del gobierno, España cambió de manera radical. Este no es el lugar de comentar estos cambios, pero desde la perspectiva de las tradiciones musicales y la etnomusicología, han sido varios niveles de cambios: en los pueblos, en las universidades, los media, los músicos revival y en la percepción de los mismos españoles. Existen nuevos centros y museos al nivel provincial y regional, donde se enseña el folklore de la región: por un lado, en muchos casos este trabajo acaba perpetuando una "folklorización" pero también, en muchos casos han hecho o siguen haciendo trabajo importante de documentación y a veces la enseñanza de tradiciones que desaparecen en sus contextos de otras épocas.

Algunos sellos discográficos hicieron su propio trabajo de campo, y editaron discos documentales. La etnomusicología poco a poco va entrando como disciplina en las universidades, aunque todavía no en muchas, y la SibE (Sociedad Ibérica de Etnomusicología) ofrece congresos cási todos los años, de los cuales ha editado varios volúmenes de actas, y también una revista académica online. Revistas académicas, y revistas populares, también páginas web van ofreciendo cada vez más información asequible.

Para Alan Lomax:

"En España, nunca costaba mucho trabajo identificar y conocer a los mejores cantantes, porque los del barrio siempre sabían quiénes eran, y entendían perfectamente de que manera y porque eran los mejores en su propio estilo e idioma musical" (p. 45).

Como en tantos países, las tradiciones de los pueblos están desapareciendo en España, aún hoy en día, mientras escribo estas palabras, sigue siendo posible hacer un buen trabajo de campo en las aldeas, y grabar canciones e historia oral, aunque casi siempre ya de la gente mayor. Los intérpretes folk también hacen su trabajo de campo, e interpretan estilos tradicionales—a veces intentando reproducirlos, y a veces con innovaciones, o mezclando estilos para crear nuevos.

Talleres y festivales de world music se multiplican, y, con la Comunidad Europea, músicos de otros países van formando parte del tapiz musical del país. Los ciegos con sus romances y los pliegos de cordel han desaparecido, pero a finales del siglo XX y principios del XXI, los cantautores mantienen su propia tradición. La idea de la "convivencia" de las tres culturas, Cristianos, Judíos y Musulmanes, ha sido romantizada, pero sin embargo se ha convertido también en algunos estudios serios; y, casi más importante, músicos folk de España van aprendiendo canciones sefardíes y árabes de colegas cuyos antepasados fueron expulsados de la Península Ibérica hace cinco siglos, reclamándose el legado de diversidad cultural de la Iberia medieval.

Sin embargo, mientras uno trata de mantener una actitud positiva hacia los cambios, las metamorfosis, las formas híbridas y las transformaciones musicales, muchos aspectos de la vida musical van desapareciendo para siempre, aplastados por lo que Lomax llamó "un sistema de super- autopistas culturales" (p. 46).

En 1996, un viejo tamborilero de un pueblo de Salamanca me dijo que le preocupaba mucho el hecho de que no había nadie que le sustituyera tocando para las bodas y las ocasiones rituales cuando se muriera. Los músicos jovenes, me dijo, sí que aprenden a tocar, pero no es lo mismo, todos viven en las ciudades y todos quieren ser profesionales de concierto. Y muy pocos ya cantan los romances, los cantares de boda de antaño. Una aldeana muy mayor me dijo que las noches de invierno, se ponía en la cama con todas las mantas, y sin poder dormir, con el frío, se ponía a cantar todos los romances más largos, uno tras otro, hasta dormirse con su propia voz, aislada, a oscuras. Ella se murió poco después. Con estas grabaciones, Alan Lomax les ha dado a muchas voces perdidas en las tinieblas otro tipo de vida: una incandescencia suave y constante, que atenúa las luces más bien deslumbrantes de nuestro nuevo milenio.



"SOBRE LAS GRABACIONES DE ALAN LOMAX
EN ESPAÑA EN 1952"
JUDITH R. COHEN
"LOS ESCRITOS DE ALAN LOMAX" TRADUCIDOS POR JUDITH R. COHEN.

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